Cuando la tierra tembló en Colombia con una magnitud de 7.4, el reflejo inmediato de buena parte de la región fue el mismo de siempre: activar cadenas de ayuda, ofrecer rescatistas y enviar equipos especializados. México, con su emblemática Brigada de Rescate Topos Tlatelolco —nacida entre los escombros del terremoto de 1985 en la Ciudad de México—, no fue la excepción. El grupo se puso en contacto con la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres de Colombia para ofrecer su experiencia.

La respuesta, sin embargo, tomó por sorpresa a más de uno: Colombia no los necesitaba. Según explicó el propio vocero de los Topos en entrevistas para medios mexicanos, las autoridades colombianas les informaron que ya contaban con más de veinte grupos nacionales certificados trabajando en la zona, y que por el momento no requerían manos extranjeras.

Una decisión con letra pequeña

Lo que en un inicio pareció una simple cuestión de logística terminó revelando algo más de fondo. Con el paso de las horas, el director de la Unidad Nacional para la Gestión de Riesgos y Desastres de Colombia aclaró el verdadero criterio detrás del filtro: solo se permitiría el ingreso de brigadas acreditadas bajo el sistema internacional INSARAG, el estándar de Naciones Unidas para la calificación de equipos de búsqueda y rescate urbano. Bajo esa regla entraron equipos de Israel, Estados Unidos, El Salvador y, con orgullo para nuestra región, Ecuador.

Los Topos Tlatelolco, pese a su enorme trayectoria y a haber apoyado emergencias en prácticamente un centenar de países, son una organización civil voluntaria, no un cuerpo con esa certificación específica. Ante la negativa, el grupo optó por acatar la decisión "en respeto a la soberanía" de Colombia y redirigió sus esfuerzos hacia la recolección de insumos, medicinas y herramientas para enviar como ayuda humanitaria, en lugar de desplegar personal en terreno.


El otro Topo que sí llegó

Aquí es donde la historia se vuelve todavía más interesante. Mientras Topos Tlatelolco se quedaba fuera, otro grupo con nombre similar —Topos Aztecas— sí puso un pie en territorio colombiano, específicamente en Cali, luego de haber estado apoyando labores de rescate en Venezuela tras los sismos de julio. Esa entrada generó cuestionamientos sobre la legalidad de su presencia y encendió aún más la controversia mediática, al punto de que voceros del grupo tuvieron que salir a aclarar que su intención no era hacer "politiquería" con la tragedia.

Para sumar más capas a este culebrón diplomático, la propia presidenta de México, Claudia Sheinbaum, tuvo que corregir públicamente una declaración previa: inicialmente se había informado que una brigada del Ejército mexicano ya se encontraba en Colombia, pero horas después se aclaró que ese despliegue militar tampoco fue autorizado por Bogotá, otra vez por temas de certificación. Eso sí, México terminó enviando toneladas de ayuda humanitaria por vía aérea con destino a Pereira.

¿Por qué importa esto?

Más allá de la anécdota, este episodio deja una lección clara para cualquiera que siga de cerca la gestión de desastres en la región: la ayuda internacional ya no se mueve solo por buena voluntad. Los protocolos de acreditación, pensados originalmente para evitar el caos operativo en zonas de desastre —equipos sin coordinación, sin autonomía logística, generando más carga que alivio— terminan chocando de frente con el peso simbólico y emocional que tienen marcas como "Los Topos" en el imaginario latinoamericano.

A mi parecer, lo ocurrido entre Colombia y México no debería leerse como un desaire ni una falta de gratitud, sino como una muestra de que los países de la región están, poco a poco, profesionalizando su respuesta ante desastres. Que Colombia haya podido sostener la emergencia con 23 grupos propios certificados y equipos internacionales bajo estándar INSARAG habla de una capacidad instalada que, hace apenas una década, probablemente no habría existido. Y que Ecuador figure entre los países cuya ayuda sí fue aceptada es, sin duda, una buena señal de hacia dónde va la cooperación regional en gestión de riesgos.


La solidaridad no desapareció: solo aprendió a filtrarse por protocolos. Y aunque duela un poco ver que un símbolo como los Topos se quede en la puerta, la prioridad en medio de una tragedia siempre debería ser la eficiencia del rescate, no el prestigio de quien lo realiza.